Calendario
   
 
L M M J V S D
1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31

La etimología de “escribir” viene del latín “scrībĕre”, que significa “trazar caracteres”, que a su vez se remonta a la raíz indoeuropea “squeribh” que es “realizar incisiones”.

Al igual que las pinturas rupestres, ciertos ritos de iniciación, los tramados de los textiles andinos, la escritura es el arte de la marca o la hendidura. Empezó en las piedras y las vasijas hace miles de años. Antes de que quedara subordinada al lenguaje articulado, era el arte de la marca, capaz de transcribir cualquier cosa, sin corresponderse con un sistema fonético que la pronunciara.

Rayar, rasgar, arañar, escarificar. Todos sentidos filiales. Quizá más que lenguaje, gramática, términos. La escritura como inscripción está cerca del trazo. Incluye la materia donde se imprime, el espacio donde se extiende.
La escritura que queremos recuperar es la de divisiones y aperturas; tal vez incluso, la de mapas o laberintos. En algunas culturas antiguas, se refiere a las manchas en las pieles o caparazones de los animales, las vetas de la madera y la piedra, las huellas en la arena, los rasgos. Hoy queremos leerla en las distintas formas que van desde las literarias hasta las caligráficas, atravesando soportes como los ensambles vocales, las tramas celestes, la cartografía derivada del tarot, la aparición de las huellas de la luz en una imagen fotográfica.

Entendiendo la escritura como imagen de un cruce, no aprenderemos sobre ella solo empleando el intelecto. En sí misma, lleva la importancia de cruzarse con lo otro. Tendrá que vérselas, entonces, con la oralidad, la intuición, las afecciones, el sistema nervioso y el flujo de la sangre.

Por eso Enjambre, para abandonar nuestro lugar sabido, aquel panal que ya no nos contiene, y crear en otro espacio la escritura de un ciclo nuevo.